¿SUEÑA LA IA CON FARREARSE EN PRIMER VIERNES?
El primer viernes es una excusa que no necesita excusas: da para todo. Salir con los cuates a tomar unas latas “porque sí”. El amigo que organizó la convocatoria nos mandó un mensaje automático para confirmarnos. La reunión será en un boliche que se promociona con un video hecho en Gemini, con una voz freemium de Goku y un afiche genérico de Nano Banana. Pero, ¿cómo llegamos hasta este punto?
Generalmente pensamos la tecnología en términos de cliente y usuario. Sin embargo, para que una tecnología se convierta en un fenómeno de consumo masivo, debe atravesar un proceso de apropiación: ser asimilada por la gente e integrada en su vida cotidiana. Este proceso está mediado por elementos propios de la sociedad y, sobre todo, por sus interacciones. En este sentido, hablamos de una construcción social de la tecnología, siguiendo las recomendaciones de CLACSO (2019) sobre las apropiaciones tecnológicas en Latinoamérica, que identifican cuatro etapas críticas: acceso, aprendizaje, integración y transformación.
En el caso de la IA, se observa una penetración espontánea que ocurre fuera de los modelos formales de transferencia impulsados por el Estado o la academia. De hecho, fueron estas dos instituciones las que terminaron adaptándose a los usos que la sociedad ya le daba a la IA. La academia reaccionó inicialmente con confrontación, presentándola como una amenaza al aprendizaje y exaltando el rol de la forma tradicional de hacer la tarea. El Estado, por su parte, se vio sorprendido al no poder controlar la cantidad de producción generada desde la sociedad, que comenzó a cuestionar sus políticas o a poner en jaque a determinadas figuras públicas de formas cada vez más creativas.
Desde el modelo de construcción social de la tecnología (SCOT) de Bijker y Pinch, podemos apoyarnos en el concepto de flexibilidad interpretativa, que explica cómo un mismo objeto tecnológico puede significar cosas muy distintas para diferentes personas. Así, mientras para un oficinista la IA puede representar una amenaza a su estabilidad laboral, para un desempleado puede convertirse en una oportunidad de emprendimiento.
Estos significados encontrados entran en disputa hasta llegar a un proceso de cierre o marco común de interpretación para el nuevo artefacto tecnológico. Dicho artefacto está dotado de imaginación, técnica e ingenio, y se desarrolla dentro de un marco tecnológico específico, es decir, en un contexto social y de innovación determinado.
En Bolivia, ese contexto se caracteriza por una sociedad altamente politizada, con una necesidad urgente de expresarse, ya no solo como retroalimentación de los canales de comunicación dominantes, sino como productores de contenido desde su propia significación. La innovación tecnológica, por su parte, se guía bajo la lógica mercadotécnica del UGC (User Generated Content) o contenido generado por el usuario, que desde los primeros videos caseros subidos a YouTube en 2005 no ha hecho más que transformar nuestra lógica de consumo.
Nos encontramos, entonces, en una fase de disputa semiótica: la IA provoca urticaria en quienes defienden la esencia humana, mientras que el mercado laboral actual obliga a producir cinco veces más que hace tres años, bajo la promesa de que “todo se automatiza” gracias a la IA.
Quienes buscamos entender estos procesos sociotecnológicos nos preguntamos: si la televisión tardó 30 años en masificarse y la IA lo logró en apenas dos meses, ¿cuánto tiempo pasará antes de que otra tecnología disruptiva nos sacuda nuevamente, “cambiándolo todo”, mientras seguimos esperando el cierre semiótico para ChatGPT?
De lo que sí estamos seguros es que la utilidad social será determinante para inflar o reventar la burbuja tecnológica.
Al final de cuentas, a estas alturas, quienes en un principio nos sentimos amenazados por la eficiencia de la IA dejamos de sentir tal amenaza ante un simple “if-else” salamero.
Autor
Fabio Illanes Gilmet
Comunicador Social | Máster en Marketing Digital & eCommerce
Docente Universitario

